viernes, 24 de agosto de 2012

La gloria siempre para Dios


Dios es la razón de ser de quienes lo amamos. La vida se parte en 2, antes y después de conocerle. Cuando encomendamos nuestra vida a él, sabemos que las cosas que nos suceden son para su gloria.

Podemos darle esa gloria que él merece de varias maneras, lo importante es nunca pasar la oportunidad de engrandecerlo con lo que tenemos para ofrecerle, nuestras vidas. En el Salmo 29: 2 leemos: Dad a Jehová la gloria debida a su nombre; Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad.


Glorificando a Dios con adoración: “Porque grande es Jehová, y digno de suprema alabanza, Y de ser temido sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos; Mas Jehová hizo los cielos. Alabanza y magnificencia delante de él; Poder y alegría en su morada. Tributad a Jehová, oh familias de los pueblos, Dad a Jehová gloria y poder. (1 Crónicas 16:25-29).

 


Glorificando a Dios con nuestro cuerpo: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios. El cuerpo que poseemos no nos pertenece,  es templo y morada del Espíritu Santo de Dios,  por lo tanto debemos cuidarlo como tal.” (1 Corintios 6:20)

Glorificando a Dios con buenas obras: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5: 16).


Dar gloria a Dios es algo básico y necesario, llega a convertirse en un placer cuando logramos por ejemplo: ser obedientes a él, lograr algo grande, pasar un desierto, ayudar y ser ejemplo de otros o vencer obstáculos en nuestra vida y poder decir: ¡Gloria a Dios!  Es un alivio y una satisfacción, es mirar al cielo y reconocer la grandeza del Padre que tenemos.
La gloria se debe dar en todo momento, en todo lugar, ante todo hombre porque nunca sabemos a qué persona vamos a influir con nuestro testimonio y con el gozo de honrar al Señor.

“A Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (Efesios 3:20-21).

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